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¿Tiene la enfermedad un sentido biológico?
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Comprendiendo la Mente
MensajePublicado: Sab Oct 13, 2007 4:00 pm Responder citando
sercet
Registrado: 06 Ene 2007
Mensajes: 12




Hola a todos.

Este escrito que pongo puede aclarar el tema de las asociaciones que hace la mente y que nos produce tantos problemas.


COMPRENDIENDO LA MENTE

LA SUPERVIVENCIA Y LA MENTE

El propósito de la mente es resolver problemas relativos a la supervivencia.
La mente dirige al individuo en su esfuerzo por sobrevivir, y basa sus operaciones en la información que recibe o registra. La mente graba datos usando lo que se llama cuadros de imagen mental.

Tales cuadros son en realidad tridimensionales; contienen color, sonido y olor, así como otras percepciones. También incluyen las conclusiones o especulaciones del individuo. La mente crea cuadros de imagen mental, momento a momento, continuamente. Usted puede, por ejemplo, examinar el cuadro de lo que desayunó esta mañana, recordar el desayuno y, de manera similar, recuperar, al recordarlo, el cuadro de un suceso que ocurrió la semana pasada; incluso recordar algo que sucedió hace mucho más tiempo.
Los cuadros de imagen mental están, de hecho, compuestos de energía. Tienen masa, existen en el espacio, siguen pautas de comportamiento muy definidas; lo más interesante es el hecho de que aparecen cuando alguien piensa en algo. Si usted piensa en un perro específico, obtiene el cuadro de ese perro.

El registro consecutivo de los cuadros de imagen mental que se acumulan a través de la vida de la persona se llama línea temporal. La línea temporal es un registro muy preciso del pasado de la persona. A grosso modo, se podría hacer la analogía de esta línea temporal, comparándola con una película de cine, si esa película fuera tridimensional, tuviera cincuenta y siete percepciones y pudiera causar un efecto total sobre el observador.
La mente usa estos cuadros para tomar decisiones que impulsan la supervivencia. La motivación básica de la mente, aunque una persona puede fracasar en una empresa o cometer un error, es siempre la supervivencia.

Si esto es así, ¿por qué no todas las acciones que dicta la mente dan como resultado que se acreciente la supervivencia? ¿Por qué la gente experimenta a veces temores irracionales, duda de sus propias aptitudes o abriga emociones negativas que parecen inapropiadas para las circunstancias?

LAS PARTES DE LA MENTE

La mente tiene dos partes muy diferentes. Una de ellas, esa parte que se usa conscientemente y de la que se es consciente, se llama mente analítica. Esta es la porción de la mente que piensa, observa datos, los recuerda y resuelve problemas. Tiene bancos de memoria estándar que contienen cuadros de imagen mental, y usa los datos de estos bancos para tomar decisiones que impulsan la supervivencia.
Sin embargo, hay dos cosas que parecen grabarse (aunque no es así) en los bancos de memoria estándar: la emoción dolorosa y el dolor físico. En momentos de dolor intenso, la acción de la mente analítica se suspende, y la segunda parte de la mente, la mente reactiva, toma el control.

Cuando una persona está totalmente consciente, su mente analítica ejerce pleno control. Cuando el individuo está “inconsciente” total o parcialmente, la mente reactiva entra en acción, de forma total o parcial. La “inconsciencia” podría ser causada por el impacto de un accidente, la anestesia usada en una operación, el dolor de una lesión o el delirio de una enfermedad.

Cuando una persona está “inconsciente”, la mente reactiva graba todas las percepciones de ese incidente exactamente, incluso lo que pasa o se dice alrededor de la persona. También recuerda todo el dolor y almacena este cuadro de imagen mental en sus propios bancos, los cuales no se encuentran a disposición del recuerdo consciente del individuo y están fuera de su control directo. Aunque puede parecer que una persona que se ha desmayado en un accidente está inconsciente y no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, en realidad su mente reactiva está grabando todo diligentemente para usarlo en el futuro.
La mente reactiva no almacena memorias como nosotros las conocemos. Almacena tipos particulares de cuadros de imagen mental llamados engramas. Estos engramas son un registro completo, hasta el más mínimo detalle, de cada percepción presente en un momento de dolor fìsico o emocional y o “inconsciencia” total o parcial.

Este es el ejemplo de un engrama: se derriba a una mujer con un golpe en la cara, ella queda “inconsciente”, se le da una patada en el costado y se le dice que es una farsante, que no es buena, que siempre está cambiando de opinión. Mientras tanto, se derriba una silla, hay un grifo abierto en la cocina y un coche pasa por la calle
.
El engrama contiene un registro continuo de todas estas percepciones.
El problema con la mente reactiva es que “piensa” en identidades: una cosa es idéntica a otra. La ecuación es A=A=A=A=A. Una computación de la mente reactiva sobre este engrama sería: el dolor de la patada equivale al dolor del golpe equivale a la silla que se cae equivale al coche que pasa equivale al grifo equivale al hecho de que es una farsante equivale al hecho de que no es buena equivale al hecho de que cambia de opinión equivale al tono de voz del hombre que la golpeó equivale a la emoción equivale a una farsante equivale a un grifo abierto equivale al dolor de la patada equivale a la sensación orgánica en la zona de la patada equivale a la caída de la silla equivale a cambiar de opinión equivale a... Pero, ¿para qué continuar? Cada percepción del engrama equivale a cualquier otra percepción en el engrama.

En el futuro, cuando el entorno presente de la mujer contenga suficientes elementos similares a los que se encuentran en el engrama, ella experimentará una reactivación del engrama. Por ejemplo: si una tarde el grifo estuviera abierto y ella escuchara el sonido de un coche que pasa afuera y al mismo tiempo su marido (el hombre en su engrama) la reprendiera por algo, en un tono de voz similar al que usó en el engrama original, ella experimentaría dolor en el costado (donde fue golpeada anteriormente). Y las palabras que se dijeron en el engrama podrían convertirse también en órdenes en el presente: ella podría creer que no era buena, o tener la idea de que siempre cambiaba de opinión. La mente reactiva le diría a la mujer que se encontraba en un lugar peligroso. Si ella permaneciera ahí, el dolor en las áreas donde fue maltratada se podría convertir en una predisposición a la enfermedad o en la enfermedad crónica misma. A este fenómeno de “despertar” el antiguo engrama se le llama reestimulación.

La mente reactiva no es una ayuda para la supervivencia de la persona, por la excelente razón de que aunque es lo bastante fuerte como para resistir durante el dolor y la “inconsciencia”, no es muy inteligente. Intenta “impedir que una persona se ponga en peligro”, y al imponer el contenido de su engrama, puede causar temores y emociones no deseados y desconocidos, enfermedades psicosomáticas y dolores que sería mejor no tener.

LA MENTE REACTIVA Y LA AMÌGDALA

Ahora vamos a analizar còmo funciona la mente reactiva a nivel cerebral. Mientras que la mente analitica es dirigida por el còrtex cerebral, la mente reactiva es comandada por otra parte del cerebro llamada amìgdala.
La amígdala constituye un conglomerado de estructuras interconectadas en forma de almendra (de ahí su nombre, un término que se deriva del vocablo griego que significa «almendra»), y se hallan encima del tallo encefálico, cerca de la base del anillo limbico, ligeramente desplazadas hacia delante.

Los momentos más interesantes para comprender el poder de las emociones en nuestra vida mental son aquéllos en los que nos vemos inmersos en acciones pasionales de las que más tarde, una vez que las aguas se han calmado, nos arrepentimos.
¿Cómo podemos volvemos irracionales con tanta facilidad?
La respuesta es que la amígdala (mente reactiva) asume el control cuando el cerebro pensante, el córtex, todavía no ha llegado a tomar ninguna decisión. Esto se debe a la existencia de vías nerviosas para los sentimientos que eluden el córtex. Este circuito explicaría el gran poder de las emociones para desbordar a la razón porque los sentimientos que siguen este camino directo a la amígdala son los más intensos y primitivos.

Una de las funciones de la amígdala consiste en escudriñar las percepciones en busca de alguna clase de amenaza. De este modo, la amígdala se convierte en un importante vigía de la vida mental, una especie de centinela psicológico que afronta toda situación, toda percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de todas: «¿Es algo que odio? ¿Que me pueda herir? ¿A lo que temo?» En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea afirmativa, la amígdala reaccionará al momento poniendo en funcionamiento todos sus recursos neurales y cablegrafiando un mensaje urgente a todas las regiones del cerebro.

En la arquitectura cerebral, la amígdala constituye una especie de servicio de vigilancia dispuesto a alertar a los bomberos, la policía y los vecinos ante cualquier señal de alarma. En el caso de que, por ejemplo, suene la alarma de miedo, la amígdala envía mensajes urgentes a cada uno de los centros fundamentales del cerebro, disparando la secreción de las hormonas corporales que predisponen a la lucha o a la huida, activando los centros del movimiento y estimulando el sistema cardiovascular, los músculos y las vísceras: La amígdala también es la encargada de activar la secreción de dosis masivas de noradrenalina, la hormona que aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales clave. entre las que destacan aquéllas que estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta. Otras señales adicionales procedentes de la amígdala también se encargan de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión de miedo, paralizando al mismo tiempo aquellos músculos que no tengan que ver con la situación, aumentando la frecuencia cardiaca y la tensión sanguínea y enlenteciendo la respiración. Otras señales de la amígdala dirigen la atención hacia la fuente del miedo y predisponen a los músculos para reaccionar en consecuencia. Simultáneamente los sistemas de la memoria cortical se imponen sobre cualquier otra faceta de pensamiento en un intento de recuperar todo conocimiento que resulte relevante para la emergencia presente.
Estos son algunos de los cambios cuidadosamente coordinados y orquestados por la amígdala en su función rectora del cerebro. De este modo, la extensa red de conexiones neuronales de la amígdala permite, durante una crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro, incluida la mente racional.

Como ya dije, esto se debe a que existe junto a la larga vía neuronal que va al córtex, una pequeña estructura neuronal que comunica directamente el tálamo con la amígdala. Esta vía secundaria y más corta —una especie de atajo— permite que la amígdala reciba algunas señales directamente de los sentidos y emita una respuesta antes de que sean registradas por el córtex.

La amígdala puede albergar y activar repertorios de recuerdos y de respuestas que llevamos a cabo sin que nos demos cuenta del motivo por el que lo hacemos, porque el atajo que va del tálamo a la amígdala deja completamente de lado al córtex. Este atajo permite que la amígdala sea una especie de almacén de las impresiones y los recuerdos emocionales de los que nunca hemos sido plenamente concientes. Una señal visual va de la retina al tálamo, en donde se traduce al lenguaje del cerebro. La mayor parte de este mensaje va después al cortex visual, en donde se analiza y evalúa en busca de su significado para emitir la respuesta apropiada. Si esta respuesta es emocional, una señal se dirige a la amígdala para activar los centros emocionales, pero una pequeña porción de la señal original va directamente desde el tálamo a la amígdala por una vía más corta, permitiendo una respuesta más rápida (aunque ciertamente también más imprecisa).
De este modo la amígdala puede desencadenar una respuesta antes de que los centros corticales hayan comprendido completamente lo que está ocurriendo.

UN SISTEMA DE ALARMA NEURONAL ANTICUADO

Uno de los inconvenientes de este sistema de alarma neuronal es que, con más frecuencia de la deseable, el mensaje de urgencia mandado por la amígdala suele ser obsoleto, especialmente en el cambiante mundo social en el que nos movemos los seres humanos. Como almacén de la memoria emocional, la amígdala escruta la experiencia presente y la compara con lo que sucedió en el pasado. Su método de comparación es asociativo, es decir que equipara cualquier situación presente a otra pasada por el mero hecho de compartir unos pocos rasgos característicos similares. En este sentido se trata de un sistema rudimentario que no se detiene a verificar la adecuación o no de sus conclusiones y actúa antes de confirmar la gravedad de la situación. Por esto que nos hace reaccionar al presente con respuestas que fueron grabadas hace ya mucho tiempo, con pensamientos, emociones y reacciones aprendidas en respuesta a acontecimientos vagamente similares, lo suficientemente similares como para llegar a activar la amígdala.

No es de extrañar que una antigua enfermera de la marina, traumatizada por las espantosas heridas que una vez tuvo que atender en tiempo de guerra, se viera súbitamente desbordada por una mezcla de miedo, repugnancia y pánico cuando, años más tarde, abrió la puerta de un armario en el que su hijo pequeño había escondido un hediondo pañal. Bastó con que la amígdala reconociera unos pocos elementos similares a un peligro pasado para que terminara decretando el estado de alarma. El problema es que, junto a esos recuerdos cargados emocionalmente, que tienen el poder de desencadenar una respuesta en un momento crítico, coexisten también formas de respuesta obsoletas.

En tales momentos la imprecisión del cerebro emocional, se ve acentuada por el hecho de que muchos de los recuerdos emocionales más intensos proceden de los primeros años de la vida y de las relaciones que el niño mantuvo con las personas que le criaron (especialmente de las situaciones traumáticas, como palizas o abandonos). Durante ese temprano período de la vida, otras estructuras cerebrales, especialmente el hipocampo (esencial para el recuerdo emocional) y el córtex (sede del pensamiento racional) todavía no se encuentran plenamente maduros. En el caso del recuerdo, la amígdala y el hipocampo trabajan conjuntamente y cada una de estas estructuras se ocupa de almacenar y recuperar independientemente un determinado tipo de información. Así, mientras que el hipocampo recupera datos puros, la amígdala determina si esa información posee una carga emocional dolorosa. Pero la amígdala del niño suele madurar mucho más rápidamente.

La interacción —los encuentros y desencuentros— entre el niño y sus cuidadores durante los primeros años de vida constituye un auténtico aprendizaje emocional. Este aprendizaje emocional es tan poderoso y resulta tan difícil de comprender para el adulto porque está grabado en la amígdala con la impronta tosca y no verbal propia de la vida emocional. Estas primeras lecciones emocionales se impartieron en un tiempo en el que el niño todavía carecía de palabras y, en consecuencia, cuando se reactiva el correspondiente recuerdo emocional en la vida adulta, no existen pensamientos articulados sobre la respuesta que debemos tomar. El motivo que explica el desconcierto ante nuestros propios estallidos emocionales es que suelen datar de un período tan temprano que las cosas nos desconcertaban y ni siquiera disponíamos de palabras para comprender lo que sucedía. Nuestros sentimientos tal vez sean caóticos, pero las palabras con las que nos referimos a esos recuerdos no lo son.

CUANDO LAS EMOCIONES SON RÁPIDAS Y TOSCAS

Serían las tres de la mañana cuando un ruido estrepitoso procedente de un rincón de mi dormitorio me despertó bruscamente, como si el techo se estuviera desmoronando y todo el contenido del cielorraso cayera al suelo. Inmediatamente salté de la cama y salí de la habitación, pero después de mirar cuidadosamente descubrí que lo único que se había caído era la pila de cajas que mi esposa había amontonado en la esquina el día anterior para ordenar el armario. Nada había caído del cielorraso. El techo estaba intacto... y yo también lo estaba.

Ese salto de la cama medio dormido —que realmente podría haberme salvado la vida en el caso de que el techo ciertamente se hubiera desplomado— ilustra a la perfección el poder de la mente reactiva para impulsamos a la acción en caso de peligro antes de que el córtex tenga tiempo para registrar siquiera lo que ha ocurrido. En circunstancias así, el atajo que va desde el ojo —o el oído— hasta el tálamo y la amígdala resulta crucial porque nos proporciona un tiempo precioso cuando la proximidad del peligro exige de nosotros una respuesta inmediata. Pero el circuito que conecta el tálamo con la amígdala sólo se encarga de transmitir una pequeña fracción de los mensajes sensoriales y la mayor parte de la información circula por la vía principal hasta el córtex. Por esto, lo que la amígdala registra a través de esta vía rápida es, en el mejor de los casos, una señal muy tosca, la estrictamente necesaria para activar la señal de alarma. Basta con saber que algo puede resultar peligroso. Esa vía directa supone un ahorro valiosísimo en términos de tiempo cerebral (que, recordémoslo, se mide en milésimas de segundo). La amígdala puede responder a una determinada percepción en apenas doce milisegundos mientras que el camino que conduce desde el tálamo hasta el córtex y la amígdala requiere el doble de tiempo.

La importancia evolutiva de esta ruta directa debe haber sido extraordinaria, al ofrecer una respuesta rápida que permitió ganar unos milisegundos críticos ante las situaciones peligrosas. Y es muy probable que esos milisegundos salvaran literalmente la vida de muchos de nuestros antepasados porque esa configuración ha terminado quedando impresa en el cerebro de todo protomamifero, incluyendo el de usted y el mío propio. De hecho, aunque ese circuito desempeñe un papel limitado en la vida mental del ser humano —restringido casi exclusivamente a las crisis emocionales— la mayor parte de la vida mental de los pájaros, de los peces y de los reptiles gira en tomo a él, dado que su misma supervivencia depende de escrutar constantemente el entorno en busca de predadores y de presas. El rudimentario cerebro menor de los mamíferos es el principal cerebro de los no mamíferos, un cerebro que permite una respuesta emocional muy veloz. Pero, aunque veloz, se trata también, al mismo tiempo, de una respuesta muy tosca, porque las células implicadas sólo permiten un procesamiento rápido, pero también impreciso.

Tal vez esta imprecisión resulte adecuada, por ejemplo, en el caso de una ardilla, porque en tal situación se halla al servicio de la supervivencia y le permite escapar ante el menor asomo de peligro o correr detrás de cualquier indicio de algo comestible, pero en la vida emocional del ser humano esa vaguedad puede llegar a tener consecuencias desastrosas para nuestras relaciones, porque implica, figurativamente hablando, que podemos escapar o lanzarnos irracionalmente sobre alguna persona o sobre alguna cosa. (Consideremos en este sentido, por ejemplo, el caso de aquella camarera que derramó una bandeja con seis platos en cuanto vislumbró la figura de una mujer con una enorme cabellera pelirroja y rizada exactamente igual a la de la mujer por la que la había abandonado su ex-marido).

Estas rudimentarias confusiones emocionales, basadas en sentir antes que en el pensar, son calificadas como «emociones precognitivas», reacciones basadas en impulsos neuronales fragmentarios, en bits de información sensorial que no han terminado de organizarse para configurar un objeto reconocible. Se trata de una forma elemental de información sensorial, una especie de «adivina la canción» neuronal —ese juego que consiste en adivinar el nombre de una melodía tras haber escuchado tan sólo unas pocas notas—, de intuir una percepción global apenas percibidos unos pocos rasgos. De este modo, cuando la mente reactiva experimenta una determinada pauta sensorial como algo urgente, no busca en modo alguno confirmar esa percepción, sino que simplemente extrae una conclusión apresurada y dispara una respuesta.
No deberíamos sorprendemos de que el lado oscuro de nuestras emociones más intensas nos resulte incomprensible, especialmente en el caso de que estemos atrapados en ellas. La mente reactiva puede reaccionar con un arrebato de rabia o de miedo antes de que el córtex sepa lo que está ocurriendo, porque la emoción se pone en marcha antes que el pensamiento y de un modo completamente independiente de él.

CÒMO SE DESARROLLÒ LA MENTE REACTIVA

La mente reactiva no actúa racionalmente, pues se basa en impulsos instintivos. Todo el mundo posee mente reactiva. Ningún ser humano se encuentra libre de ella o del contenido aberrativo de su banco de engramas.
Este es el depósito o archivo de donde se nutre la mente reactiva. ¿Qué es lo que hace esta mente?
Bloquea el recuerdo auditivo, provoca compulsiones, psicosis, neurosis, alergias, represiones y evita que el sujeto pueda razonar libremente, bloqueando los mecanismos de análisis.
Los engramas son como órdenes hipnóticas de alto poder, que inhiben el razonamiento de la persona, haciendo que la misma se maneje por impulsos. Los mismos son fruto de la mente reactiva.

Vamos a ver còmo se desarrollò la mente reactiva. El ser humano tiene millones de años desde sus comienzos como homínido y la mente reactiva era necesaria para sobrevivir pues, al basarse en impulsos, permitía a ese hombre primitivo huir en lo inmediato de los peligros (un tigre dientes de sable, un megaterio, etc) o atrapar a la presa al instante de verla. Como su mente poseía un cerebro de 500 cm. cúbicos, no estaba capacitado para razonar en el sentido abstracto, por eso primaba lo impulsivo sobre lo meditado. No había que decidir, había que obrar... y la mente reactiva obraba, sin pensar.
Con el tiempo, ese ser fue desarrollando su capacidad craneana, hasta llegar al hombre actual, el homo sapiens. Y entonces surge la mente analítica, llamada también mente conciente, creando así un conflicto de poderes.

La mente analítica es la mente que razona y evalúa las posibilidades antes de tomar una decisión. El ser humano ya no se maneja con instinto ni actúa con impulsos. Eso transforma en fútil a la mente reactiva, pues el raciocinio reemplazó al instinto, pero...¿es tan así? Si repasamos, vemos que la mente analítica es la que se expresa luego de analizar y la mente reactiva es la que reacciona automáticamente, sin analizar. Por lo tanto, con el advenimiento de la civilización, esa primer mente ya no tendría razón de ser...pero sigue manejando los hilos en la conducta del ser humano.

¿A qué se debe eso? A que la primer mente (la reactiva) está "grabada" en el código genético desde hace millones de años y la segunda, la analítica, apenas está con la humanidad desde hace diez mil años... y al no ser impulsiva, reacciona más tarde.

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